Crónicas Germanas: Cap 8, Colorín Colorado; Viajes, maletas y acalorado
Es casi Misión Imposible intentar resumir en éstas líneas
éste último mes de intercambio por las Germanias, de los mejores de mi vida,
pero haré mi mejor esfuerzo:
Primero, el mercado de Navidad de Koblenz, donde tomamos
control del camión que nos llevaría a la “metrópolis” en cuestión, la mayoría
de nosotros estudiantes de la clase de “Corporate Strategy”, suertudos porque
el profe nos dejó salir “temprano” en términos teutones, al notar que varios de
los Tauschies se empezaron a largar antes, para alcanzar éste dichoso camión,
por lo que el engreído y dominante profesor decidió dejarnos ir.
Ya en el dichoso mercado, en cuestión de minutos habías ya recorrido
todas las plazitas y calles en las que se desarrollaba la vendimia de productos
y comedera navideña, incluido el famosísimo Gluhwein, o “Vino Caliente”, que
sonará algo desagradable al leerlo, pero créanme, es una delicia para el
paladar. Después de una hora, ya con aburrimiento y sin saber qué hacer,
algunos huyeron de nuevo a nuestro pueblito Vallendar, y los demás nos
dirigimos a la pista de hielo al aire libre frente al nuevo centro comercial,
pero por lo que su servilleta no es nada bueno en el arte del patinaje en
hielo, me limité a tomar foto y video de las locuras de los demás Tauschies,
mientras mi paisano y los gringos se enfrascaban en una guerra de bolas de
nieve en pleno patinaje, con el apoyo de unos niños teutones gandallas que
vieron en ésta ocasión la oportunidad de mostrar su acertada puntería
Después, entre exámenes, y con el estrés de éstos, dominando
el “German way: Machete all the way” tocaba el tan esperado viaje a Bélgica,
planeado con meses de anticipación, retrasado por varios motivos, y al borde de
un ataque de nervios por diferentes problemas de logística, por fin se realizó.
Para variar, su servilleta y el canadiense que todo lo podía, fuimos los
responsables de transportar a una bola de Tauschies de todos los lugares del
mundo a los recónditas ciudades de Bruselas y Brujas.
El día que nos fuimos, nevó como nunca en Vallendar, por lo
que tuve la experiencia de manejar en nieve, y sinceramente, estaba que me
cargaba el payaso del miedo… Todo bien, por suerte, y gracias a la tripulación
y a la buena música, llegamos sin problema a Bélgica, donde al cruzar la
“frontera” belga, el clima mágicamente mejoró de manera increíble, sol
reluciente y no tan frío en Vallendar (para el récord, al parecer fue el fin de
semana más frio y nevado en la historia de nuestro intercambio en Vallendar….
Huimos justo a tiempo)
Después de cerveza, cerveza, y más cerveza en Bruselas,
parecía que el viaje sería más que nada ir
a tomar a Bélgica, por lo que se desarrolló un segundo grupo, el de los
“turistas” y adivinen quien manejaba… quien se levantaba temprano… pero
también, quien disfrutaba de las ciudades… eso sí, por querer irnos “temprano”
esa primera noche a nuestro hotel, vaya que hicimos turismo en Bruselas, porque
eran la 1 de la mañana y nosotros dando vueltas como mensos, con un frio del
demonio, tratando de encontrar el hotel… juraría que vi la torre de la Iglesia
en el centro de Bruselas por 5 veces, mínimo… Mi GPS interno me decía que algo
iba mal… al final llegamos media hora más temprano que los que se quedaron de fiesta esa
noche hasta reventarla…
Pero el día siguiente se compensó con Brujas, lugar
recomendado por varios hasta el cansancio, y motivo por el que decidí
levantarme temprano y manejar hasta allá con mi grupo de turistas, y vaya que
valió la pena, pues al final del día, mientras cenábamos y nos preparábamos
para regresar a Bélgica a echar la meme, llegaron a buena hora los del segundo
grupo, directos del bar… mi amigo uruguayo estaba que se moría del coraje,
porque él quería conocer Brujas, y lo único que conoció fue un bar aleatorio de
Brujas… le dijimos que se regresara con nosotros, y así fue.
De regreso a Vallendar, mágicamente la nieve aparecía justo
llegando a nuestro pueblo, y la curva de la muerte en la carretera a Vallendar
me daba la bienvenida, una curva más cerrada que nada, y que con la nieve hacía
de la manejada una experiencia algo… interesante. El único “problema” que tuve
con la nieve en todo mi viaje fue hasta cuando estacioné el coche de regreso en
Vallendar, porque la cantidad inmensa de nieve hacía que el coche se coleara un
poco… me vino el flashback a la mente de cuando hice mi burrada enfrente de la
UP.
Después llegó la segunda sesión de machete, al terminar la
distraída en Bélgica, siendo el “último” viaje en grupo, prosiguiendo entonces
con la hora de las despedidas; la despedida oficial del International Relations
Office, donde al final hubo la foto de grupo (un pequeño grupo de 147 personas)
y un montón de bocadillos, literal montón… me recordó a mis tiempos en la UP
con la comida ilimitada, alias “La Botanera”, nada más que acá eran pequeños
baguetes, por lo que me coloque estratégicamente al lado de la mesa donde los
servían, y mientras oía la interesante conversación de mi amigo alemán de
Hannover y su amor por las españolas y mexicanas, me zampaba cuantos baguetes
había… era día de cena gratis, y como estudiambre, uno no podía dejar pasar la
oportunidad… al menos no fui como mi amigo gringo que hasta en los bolsillos
llevaba las baguetes restantes a casa.
Después, vino nuestra despedida “oficial” del grupo de
amigos, en el que contamos aproximadamente
unos 20-30, la verdad no llevé a cabo el censo, pero nunca había habido tanta
gente en Haus Wildburg (el lugar preferido para juntarse a cotorrear por
nosotros) y territorio de monjas y posibles fantasmas Vallendarianos… la gente
parecía salir literalmente de las paredes, como la foto del recuerdo
atestiguará, y a la hora de servirse la comida fue una aventura épica llegar de
la barra de comida a la mesa, si es que tenías lugar en la mesa… pocos fueron
los afortunados, los demás tenían que comer parados… desafortunado fui yo, que
a la hora de la foto se me cayó mi deliciosa trufa Belga, que murió aplastada
en la alfombra del comedor, y que por lo que leí después en Face, fue un
problema remover… lo siento!
Después, más despedidas, más específicas, una de ellas en el
famosísimo Kebap, que se convirtió en mi segundo hogar, y segunda cocina,
cuando mis provisiones de comida escaseaban, y donde copie la idea del uruguayo
de que me firmaran la bandera (en mi caso, la mexicana…)
Luego, la aventura del check-out, limpieza, y maletas. Una
pesadilla hacer entrar tarugada y media en una reducida maleta, con miedo de
pasarme de peso (en las maletas, yo sigo igual de flaco) y encabritado al
descubrir que la bascula del edificio había sido estratégicamente “robada” por
el día por uno de los gringos, tan amables ellos. La hora del check out fue tan
traumante como esperaba, contaba la leyenda que las monjas de Haus Wildburg ya
habían desquitado más de la mitad del depósito en garantía a todos parejos, y
en mi edificio, a la tailandesa ya le habían tumbado 150 Euros por un comal y
una sartén que no valían ni ¼ de ésa cantidad en Ikea, sin embargo en nuestro
depa cotizaban en moneda de oro.
Tal como contaba la leyenda, el viejito, que me hablaba en
puro alemán, pero con el que me supe defender, gastó casi una hora y media
inspeccionando cosa por cosa del inventario, preguntándome si funcionaba,
pasándole el dedo, y anotando en su lista que el piso del depa no estaba seco
todavía (el genio de su servilleta empapó literalmente el piso a la hora de
trapearlo, y todavía era hora que no se secaba el méndigo), pero después de
ésta traumática experiencia, en la que solo esperaba que se largara para irme
yo a comer mi último Kebap, me comenta que al parecer no tendré ningún robo en
mi depósito de garantía. Tomen eso, germanos! Fue el Kebap más satisfactorio de
mi vida, con eso y que me estaba ahogando con el chile en polvo…
Después de checkeado y maleteado, la aventura del viaje a
Roma y Milán, empezando con un “cómodo” tren nocturno, toda la santa noche de
Koblenz a Milán, con unas vistas increíbles de Suiza y sus Alpes en el
amanecer, con un montón de tipos con sus esquís y ropa de esquí, y con unos
increíbles y carísimos precios de comida en Suiza, pero, uno tiene que comer, y
con un montón de cambios de estación, con 2 revisiones de la policía, inéditas
en toda nuestra historia de intercambistas, incluido un perro con un bozal de
Hannibal Lecter que estaba olfateando maletas y traseros a diestra y siniestra
(paréntesis cultural, izquierda en italiano era “sinistra”, lo que me pareció
siniestramente interesante).
Milán lo veías en un día, pero valía la pena, con todo y el
frío invernal, los remanentes del hielo que me hacían patinar sin necesidad de
pistas de hielo y patines, los gentiles extraños que se acercaban a ti para
“ayudarte” en el metro, o a venderte porquería y media, y con una visita al
Estadio de San Ciro y sus interiores, para de ahí dirigirse directo a Roma,
otra vez, trenecito de nada más 5 horas, ahora de día, y un poco eterno para
nuestro gusto, con nuestro pobre amigo gringo que traía toda la casa en sus 3
maletotas, mi amigo uruguayo que viaja “ligero”, y yo que con una triste
mochila super engordada, traía todo lo “necesario” para 2 semanas sin descanso de
puro viaje.
Después, Roma, capital del mundo, la ciudad de los coches
chicos (Smart’s), donde pasamos casi una semana entera; donde vimos todos los
edificios por unas 3 o 4 veces en un par de días; donde pasamos Navidad en el
Vaticano en la misa del Papa con mi amigo gringo y mis amigos de Aguas, con una
impresionante cola desde las 6 de la tarde hasta las 10 de la noche (y que de
nuevo cuenta la leyenda, que la cola empezó a las 12 del mediodía); donde fue
un relajo encontrar un lugar para cenar después de la misa a la fresca de la 1
de la mañana (en Nochebuena); donde los
vecinos de nuestro depa tocaban desesperadamente en nuestra puerta (y nos
recordaban el 10 de mayo Romano) mientras los despertábamos con nuestros
alaridos y cánticos a las 4 de la mañana (con la ayuda de una champaña que
nuestro amigo gringo se ganó por 3 Euros en un puesto de una feriecilla en Plaza
Navona); donde teníamos desayuno “gratis” en el hotel del gringo, siendo que
nosotros ni éramos clientes de ahí, pero pasábamos como Pedro por nuestra casa,
y nadie nunca preguntó nada; donde fue una aventura encontrar algo abierto el 25,
menos se diga algo de comida; donde festejamos el cumple de mi amiga de Aguas
cantando villancicos a todo pulmón por las calles de Roma y el Vaticano, siendo
festejados por un grupo de chinitos que nos aplaudían al pasar; donde compramos
botellas de vino a un precio sospechosamente barato para festejarle (que al
final sobraron, y me tuve que sacrificar para darles baje); donde una vieja
argentina le gritaba a medio mundo en el Vaticano, y los guardias solo la veían
y reían, entablando mis amigas hidrocálidas una guerra internacional contra la
argentina, que les gritaba hasta de lo que se iban a morir, y de lo cual sólo
tengo evidencia fotográfica y una carcajada cada vez que me acuerdo; donde
tuvimos la última cena con nuestro amigo gringo, y sus habilidades natas para
regatear un inútil helicóptero de colores de 20 euros a 40 centavos; donde nos
metíamos sin pagar en el metro detrás de otra persona random; donde unos
peruanos danzaban salsa junto al Coliseo; donde fuimos robados por romanos
disfrazados, y comida cara (e italiana) cada día, que me hizo alucinar la
pasta, pizza y vino; donde el uruguayo y yo intentábamos hablar italiano, y recibíamos
respuesta en español; donde un mesero chimuelo coqueteaba con mis amigas
mexicanas (y prácticamente cuanto italiano nos cruzábamos, chimuelo, visco o
normal)
Luego, a Barcelona, donde por fin pude hablar mi idioma
tranquilamente, donde vi de nuevo la playa (y vaya que congelaba el agua),
donde me maravillaba con la arquitectura loquísima de Gaudí, y donde fue mi
último último viaje con los queridos Tauschies.
Hamburgo, Neustadt y Lübeck, ciudades Hanseaticas del norte
de Alemania, donde moría de frío y viento, donde pase Año Nuevo, donde pasé el
tiempo con mi hermana y mi cuñado teutón, y donde, junto a Frankfurt, despedí éstos últimos y geniales días en Alemania.
El vuelo de 10 horas, donde tenía un escuincle de 1 año que
se dedicó a llorar todo el santo día, con unos agudos que ya envidiaría Justin
Bieber, además de un concierto de bebés llorones al unísono, donde mi inmensa
humanidad no cabía (y eso que era el Airbus 380) por lo que me dediqué a ver
unas 3 o 4 películas; la llegada a Gringolandia, donde pierdes nada más 2 horas
en control de aduanas y en desnudarte y escanearte en 3D, ahora con una nueva
modalidad… rasparte la mano, para que? No tengo la menor idea… no traigo droga
en las manos, si eso es lo que les importa…
Sumando en total casi 24 horas de viaje, entre horas de
espera, traslados, check-ines, y demás peripecias...
Y como decía el Uruguayo, “esto lo recordaras por el resto
de tus días”. Amén…
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